RICHARD, EL PADRE AL QUE SERENA Y VENUS WILLIAMS CONVIRTIERON EN RICO

Diseñó un método de laboratorio para crear a dos súper atletas. Juntas, sus hijas ganaron 30 Grand Slams y facturaron cientos de millones de dólares

TOMADO DE CLARÍN

Richard Williams lo tenía todo planeado. Aunque suene increíble, el hombre había escrito “un plan” con el destino de sus hijas, dos años antes de que nacieran. El Big Bang se dio una tarde de 1978, cuando vio en las noticias que la tenista Virginia Ruzici había ganado 40 mil dólares por quedarse con la final de Roland Garros. “Y yo gano cincuenta y ocho mil al año”, pensó en voz alta. Y ese día empezó a diseñar su propio American Dream.

Richard Williams tenía cinco hijos (tres varones y dos mujeres, de su primer matrimonio) a fines de los 70 cuando se casó con Oracene Price, quien ya había alumbrado a tres nenas. Pero aquel día del 78, después de una cena romántica, decidió que iba a agrandar la familia.

“Fui a ver a mi esposa y le dije que tendríamos dos hijas y que nos volveríamos ricos. Van a ser tenistas”, cuenta RW en su libro Black and White: The Way I See It. La traducción del título de su biografía le queda como anillo al dedo: “Negro y Blanco: La manera en que lo veo”.

“Y qué pasa si llega un niño”, lo desafió su mujer, Oracene, poniendo a prueba su plan. “No va a haber ningún niño”, respondió seguro Williams.

Richard y Oracene les enseñaron los primeros goles a Venus y a Serena. Aquí, en el US Open de 2002. 
Foto: AP

Richard y Oracene les enseñaron los primeros goles a Venus y a Serena. Aquí, en el US Open de 2002. Foto: AP

Ya todos lo saben, “nena” dijo el partero y por duplicado. La primera nació el 17 de junio de 1980 y se llamó Venus. La segunda fue Serena y llegó el 26 de septiembre de 1981. De movida, él predijo que la mayor ganaría el US Open. Así lo decía su manual de 78 páginas. Pero, para la menor tenía algo más grande. “Vas a ser la mejor jugadora de la historia”, le aseguró a los 13, aunque lo había planeado antes de que existiera.

Sonaba a quimera, pero Richard se saldría con la suya y esas chicas iban a escribir una parte de la historia del tenis. Y en letras doradas.

El Juego del Calamar de Richard para forjar a la próxima Michael Jordan mujer

Las Williams no iban a tener una cancha de cada superficie en el fondo de su casa, como diseñó en Alemania Peter Graf para que su hija Steffi fuera la número uno. La historia arrancó lejos de los centros de alto rendimiento, en las canchas públicas de Compton, una ciudad al Sur de California que en aquella época era conocida por una sangrienta guerra entre pandillas. Williams decidió trasladar a su familia allí para modelar a sus criaturas.

El padre creía que practicar en medio de esas canchas ayudaría a sus hijas a superar la presión de cualquier circuito. “No había lugar en el mundo más duro que Compton: mudé a la familia por estaba seguro que los grandes campeones salían de los guetos”, explicaba el hombre, inspirado en Malcom X y Muhammad Ali.

Vale decir que él sufrió ese gueto en carne propia. Eran tan peligrosas las calles que, por enfrentarse a las bandas que hostigaban a sus hijas, Richard terminó con la dentadura rota y hasta con una costilla fisurada.

Richard Williams no miraba los partidos de sus hijas, permanecía a un costado de la cancha. 
Foto: REUTERS

Richard Williams no miraba los partidos de sus hijas, permanecía a un costado de la cancha. Foto: REUTERS

Después de mudarse desde Los Ángeles a Compton, “el Método Williams” (esas 78 páginas que escribió al mínimo detalle de puño y letra), indicaba que Venus y Serena iban a agarrar por primera vez una raqueta a los cuatro años. Un par de décadas más tarde, el propio Richard aceptaría que fue demasiado riguroso y que deberían haberlo hecho a los seis.

Llueva, nieve o truene parecía ser el lema del hombre que tenía asistencia perfecta en ese campus de mala muerte. Williams se movía con una grabadora y registraba los movimientos de sus chicas. Pero, su fórmula de enseñanza estaba lejos de la ortodoxia. Practicaban bajo la lluvia y con pelotas mojadas o viejas, para que no picaran tanto: “Así, las chicas tenían que golpear más fuerte y agacharse más”.

Richard alimentó su propio mito contando que rompía botellas y tiraba los vidrios en el fondo de la cancha. Como si se tratara de El juego del Calamar, las chicas debían agarrar el globo de aire, antes que la amarilla las superara: retroceder, podía ser muy peligroso…

Rick Macci, el entrenador que llevó a Jennifer Capriati, Maria Sharapova y Andy Roddick a la cima, y tomó a Venus con 10 años y a Serena con 9, le da crédito a esa versión: “Lo que me asombró fue su ardiente deseo de llegar a la pelota. Nunca vi a dos jóvenes atletas esforzarse tanto por alcanzar la bola. Atropellaban vidrios rotos con tal de devolver una vez más…”.

Richard Williams, con una cámara, registrando todo.

Richard Williams, con una cámara, registrando todo.

Macci conoció a los Williams en mayo de 1991. La leyenda de una niña prodigio ya daba vueltas por los Estados Unidos y el mítico entrenador viajó a Compton para verla. Después de observarlas por una hora, el especialista tuvo que reconocer ante el padre: “Podía ver la velocidad, la rapidez, y sabía cuán alto iba a llegar. Me acerqué a Richard y le dije: ‘Dejame decirte algo. Tenés en tus manos a la próxima mujer Michael Jordan”, le aseguró, traducido al argentino coloquial. Pero, como se refería sólo a Venus, RW no tardó en contestarle.

Así lo recuerda Macci: “Me rodea con el brazo y me dice: ‘No, hermano, te equivocás: tengo a las dos próximas Jordan del tenis”.

El Rey Richard y una vida de película

Serena, Richard y Venus Williams, en una práctica previa al US Open, en 2001.

Serena, Richard y Venus Williams, en una práctica previa al US Open, en 2001.

“Este fin de semana no estaremos por acá porque iremos a la Casa Blanca”, se jactaba Richard Williams entre sus vecinos millonarios. Vivía en un coqueto barrio de La Florida y ya todas sus predicciones se habían cumplido. Venus había llegado al uno y Serena la había superado. Ya no necesitaban repartir guías por la calle, como en los primeros años de vida de las chicas. Eran (multi)millonarios.

Existía algo de resentimiento, de revancha, en la fanfarronería de Williams. Es que, en definitiva, el hombre lo planeó todo para salir del pozo y que sus hijas no repitieran su historia.

El 25 de febrero de 2002 Venus Williams se convirtió en la primera jugadora afro-americana en ser número 1 de la clasificación de la WTA. Pero después las hermanas ocuparon el 1 y 2 del ranking.

“El Rey Richard”. Así comenzaron a decirle en la calles de Compton cuando las pandillas tomaron a esas chicas como el crédito del lugar. Pero su historia había sido otra. Lejos de crecer como un rey, Williams nació en Shreveport, Louisiana allá por la década del cuarenta. Según narró el mismo, “la casa no tenía living ni pieza, tampoco camas ni baño”, como canta en una canción la Bersuit Vergarabat.

Williams acompañó a sus hijas en todo momento de sus carrera. Intercedía en todo y hasta corregía a los entrenadores sobre la postura de Venus y Serena en la cancha.

Williams acompañó a sus hijas en todo momento de sus carrera. Intercedía en todo y hasta corregía a los entrenadores sobre la postura de Venus y Serena en la cancha.

Perseguido por el Klu Klux Klan vio cómo linchaban a un amigo y hasta fue testigo de cómo otro era atropellado por una mujer blanca arriba de un coche. Son esos tiempos de los Estados Unidos donde para los negros no había justicia. Todo quedó en la nada. Aunque lo peor fue el asesinato de su hija más grande, llamada Yetunde, en septiembre de 2003: la mataron a tiros en Compton, con apenas 31 años.

Quizás allí esté lo inflexible de su método. Muchos, y en más de una ocasión, dijeron que era un loco.

El día que su hija mayor, Venus, estaba por debutar en Oakland, Richard se reunió con un representante de Nike. A esa altura, el mundo del tenis ya sabía de su presencia. Le ofrecieron tres millones de dólares antes de que la chica hubiera pisado un court. “La oferta caduca esta noche”, le dijeron.

Al día siguiente, cuando vieron el debut de Venus frente a Shaun Stafford, le ofrecieron un millón más. El padre tampoco aceptó. La paciencia de la araña: a los siete meses, Reebok le hizo un contrato por 12 millones, con apenas 15 años. Con la lección aprendida, unos años después, la que firmaría con la marca de la pipa sería Serena. Pero los gigantes de la indumentaria tendrían que afinar el lápiz: desembolsaron 40 millones de dólares por cinco años.

Finalmente, el Rey Richard hizo lo que quiso. Es que, con los éxitos de sus hijas llevó a los afroamericanos a lo más alto. Esa era su revancha. Si Venus fue la primera tenista de color en alcanzar el número uno en el ranking, Serena superaría todo lo previsto. Digámoslo con todas las letras: esas dos negras que lideraron el ránking, Serena durante 319 semanas y Venus a lo largo de 11, patearon el tablero del deporte blanco.

La menor de los Williams obtuvo 23 Grand Slams en su carrera, mientras que su hermana mayor consiguió siete. En total, la vitrina de Serena cuenta con 73 títulos WTA en singles y 23 en doblesGanó 856 partidos y perdió 156, contando el de este miércoles 31 de agosto de 2022 en el US Open frente a la estonia número dos del mundo, Anett Kontaveit y el largo adiós de este viernes frente a la australiana Ajla Tomljanivic.

Según la WTA, Serena ganó cerca de 95 millones de dólares en premios. Aunque eso no es todo: la revista Forbes asegura que sus contratos publicitarios llevaron su fortuna a unos 223 millones. En el mundo del tenis, sólo Federer y Djokovic ganaron más dinero que ella. Pero la gloria total es de la chica Williams: ella los supera en Grand Slams.

Un clásico, cigarro en boca, Williams entrenando a sus hijas.
Foto: AFP

Un clásico, cigarro en boca, Williams entrenando a sus hijas. Foto: AFP

La vida de Richard Williams y su método fue tan apasionante que inspiró una película. Se llamó Rey Richard y le valió el Oscar a mejor actor a Will Smith. Como si pudiera manipular todo, Smith se mimetizó tanto con Richard que el día de la gala de los históricos premios le pegó un sopapo al cómico Chris Rock por un chiste ácido que hizo sobre su mujer. Más allá del papelón, Williams puede jactarse también de eso: su camino valió una película y fue premiado por la Academia.

“Gracias, papá… Sé que me debés estar mirando. Intenté hacer todo lo que pude”, soltó Serena, a corazón abierto, apenas terminó su periplo como tenista luego de la derrota, que vendió muy cara, ante la australiana Alja Tomljanovic sobre el cemento del estadio Arthur Ashe, la cancha central del complejo de Flushing Meadows, la casa del US Open. La otra casa de Serena.

En el palco estaba toda su familia, incluida su mamá, Oracene, que se dormía entre punto y punto. ¿Y Richard? Con 80 años, sufre Alzheimer. Y vive recluido… Ni siquiera fue a la boda de su hija menor, hace un lustro.

Si bien Venus y Serena nunca hablaron mal de su padre, lo contundente del método Williams no deja de abrir interpretaciones hacia varios laterales. Más allá de los análisis sobre “las claves del éxito” y “el mérito del esfuerzo”, ¿hasta dónde un padre puede determinar el destino de un hijo? ¿El dinero y la fama lo justifican todo. Al final, ¿Richard Williams fue un genio o un manipulador que puso a trabajar a dos niñas para volverse rico y concretar su propio sueño?

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